DineroÉxitoSociedadDel «voy a intentar» al «lo estoy haciendo»

¿Alguna vez te has preguntado por qué hay personas que logran lo que se proponen y por qué otras personas no? Pues la respuesta está asociada al nivel de compromiso que asumimos antes de realizar la tarea. Es decir, cuando estamos decididos a lograr lo que nos proponemos haremos todo lo posible para materializarlo, sin embargo, cuando decimos que vamos a hacer algo solo por quedar bien con los demás o para demostrar que “hicimos nuestra parte” a la primera de cambio abandonamos la actividad y decir que por lo menos lo intentamos. Por esa razón, en este artículo reflexionaremos sobre la importante de ir del “voy a intentarlo” al “lo estoy haciendo”.

Para ello, me gustaría empezar diciendo que las palabras que elegimos no solo describen nuestra realidad, sino que la configuran. De hecho, cuando usamos verbos condicionales o dubitativos (como «intentar») debilitamos la expectativa de éxito y esto es lo que hace que cuando una persona dice «voy a intentar», activa en su cerebro regiones asociadas a la incertidumbre y la preparación para el error. 

Lingüísticamente, la palabra “intentar” establece un marco de contingencia donde el fracaso ya está contemplado y justificado. En contraste, el uso de verbos de acción afirmativa («lo estoy haciendo», «lo hago») genera un compromiso conductual y un fenómeno conocido como entrenamiento de la voluntad a través del lenguaje, el cual incrementa la activación de la corteza prefrontal, área responsable de la toma de decisiones, la persistencia y la autorregulación. 

La transición del intento a la acción representa el paso de la inmadurez psicológica a la autonomía real. Cuando te instalas en el «intento», creas un bucle de insatisfacción crónica en el que gastas energía mental pensando en lo que deberías hacer, pero no obtienes los beneficios emocionales ni el fortalecimiento de la autoestima que otorgan los logros reales. El «intento» es una trampa que te mantiene estancado bajo la ilusión de que te estás esforzando. 

Por otro lado, al asumir el «lo estoy haciendo», recuperas tu poder personal. Dejas de ser una víctima de las circunstancias o de tu propia postergación. Esta postura fomenta el desarrollo del locus de control interno, que es la creencia firme de que los resultados de tu experiencia vital dependen de tus propias acciones y decisiones, y no de la suerte o el entorno. 

 

El individuo que hace, aprende de los errores reales; el que intenta, se esconde detrás de fracasos imaginarios. 

 

Es por esa razón que, cada vez que pronuncias la frase «lo voy a intentar», estás firmando un contrato secreto con el fracaso antes de haber comenzado. Te estás otorgando el permiso anticipado para rendirte cuando aparezca el primer obstáculo. El mundo no se transforma con intenciones tibias ni con promesas a medias. Tu vida y tu comunidad demandan tu presencia absoluta, no tu participación a medias. 

Toma consciencia de esto: tienes el poder radical de clausurar la era de las excusas en tu historia personal. Al declarar «lo estoy haciendo», rompes las cadenas de la postergación y asumes la responsabilidad total de tu existencia. No busques las condiciones perfectas para actuar; la acción consciente es la que crea las condiciones. Conviértete en la fuerza motriz que tu entorno necesita. Deja de ensayar tu vida y empieza a vivirla con un compromiso inquebrantable. El cambio real no se ensaya, se ejecuta. 

 

La trampa del intento.

 

Vivir en la trampa del intento debilita el carácter y fragmenta la identidad. Desde el punto de vista del desarrollo humano, la excusa es un mecanismo de defensa infantil que busca transferir la culpa al exterior (el clima, el gobierno, la falta de tiempo). Cuando te acostumbras a justificar por qué no cumpliste con tu palabra, destruyes tu auto-confianza

El cerebro aprende que tus promesas carecen de valor, lo que se traduce en una profunda sensación de estancamiento e indefensión aprendida. Romper esta trampa requiere una honestidad brutal: reconocer que el «no pude porque lo intenté pero surgió algo» es, casi siempre, una falta de prioridad y compromiso. Al eliminar la excusa, el individuo experimenta una liberación psicológica; el dolor a corto plazo de asumir la responsabilidad es infinitamente menor que el sufrimiento a largo plazo de vivir una vida de autoengaño. 

 

Cuando nuestras acciones no se alinean con nuestros valores declarados (por ejemplo, querer una ciudad limpia pero tirar un papel al suelo), experimentamos un malestar psicológico y para aliviar esta tensión sin realizar el esfuerzo de cambiar la conducta, el cerebro recurre a las excusas y a las justificaciones racionales, un proceso denominado autojustificación. 

 

El impacto de las excusas individuales en la sociedad es devastador porque genera una cultura de la complacencia y la mediocridad compartida. Cuando excusas tu falta de civismo diciendo que «los demás tampoco lo hacen» o que «por una vez no pasa nada», contribuyes directamente a la degradación de tu entorno. Este comportamiento valida la negligencia de los demás, creando un círculo vicioso de deterioro comunitario. 

El civismo consciente exige comprender que nuestras pequeñas decisiones diarias no son hechos aislados, sino votos por el tipo de sociedad en la que queremos vivir. Cuando dejas de poner excusas personales (como estacionar en un lugar prohibido «solo por cinco minutos»), estás protegiendo el derecho del otro, promoviendo el orden y construyendo una cultura de respeto mutuo donde la convivencia armónica se vuelve la norma y no la excepción. 

Las excusas son los sedantes con los que adormeces tu verdadero potencial. Cada justificación que construyes es un ladrillo en la pared que te separa de la grandeza personal y del servicio a tu comunidad. Es momento de despertar y mirar de frente la realidad: el intento tibio es un insulto a tu capacidad. Tu comunidad no necesita tus explicaciones de por qué las cosas están mal; necesita tu energía, tu integridad y tu acción decidida. 

Eres el arquitecto de tu realidad y un co-creador de la sociedad que habitas. Deja de usar las fallas del sistema o los errores de los demás como un escudo para proteger tu propia comodidad. Asume la responsabilidad de ser el estándar de excelencia que deseas ver afuera. Cuando entierras la excusa, nace el ciudadano consciente, el líder de su propia vida, el ser humano capaz de transformar su entorno con el poder de su ejemplo. 

 

Rompe el pacto con la excusa.

 

En el plano del desarrollo humano, hacer un «pacto con la excusa» es la forma más rápida de sabotear tu madurez emocional y tu crecimiento. Cada vez que utilizas una excusa para justificar una acción mediocre en la vida pública, estás debilitando tu fuerza de voluntad y erosionando tu integridad. La mente humana se acostumbra con facilidad a los caminos de menor resistencia; si te permites fallar bajo el amparo de la justificación, esa misma estructura de pensamiento se trasladará a tus proyectos personales, a tus finanzas y a tus relaciones de pareja. 

Romper este pacto dañino significa elegir el camino de la autodisciplina y el autorrespeto. Cuando asumes las consecuencias de tus actos y te obligas a actuar con consciencia y compromiso, desarrollas un carácter inquebrantable, una identidad sólida y una autovaloración que no depende de la aprobación externa, sino de tu coherencia interna. 

La vida pública es el escenario donde se pone a prueba la calidad moral de una sociedad. Cuando los ciudadanos deciden romper el pacto con la excusa, el impacto en la comunidad es revolucionario. Se acaba la cultura del «juega vivo» o el provecho propio a expensas del bien común. Los ciudadanos asumen la responsabilidad compartida del espacio público: cuidan los parques, defienden los derechos de los más vulnerables, denuncian las injusticias y participan activamente en las soluciones locales. 

Esta acción consciente eleva el nivel ético de la sociedad, haciendo que las instituciones funcionen mejor debido a la alta exigencia y la vigilancia ciudadana. El civismo deja de ser una materia escolar olvidada y se convierte en una fuerza viva, protectora y dinámica que garantiza la equidad, el orden y el desarrollo próspero de toda la comunidad. 

Tal vez pasa desapercibido, pero la excusa es la herramienta de los cobardes y el refugio de los que prefieren ver la vida pasar desde los márgenes del intento. Si estás leyendo este artículo no es por mera casualidad, sino la confirmación de que tú no fuiste diseñado para la mediocridad ni para el autoengaño. Es hora de asumir tu verdadero poder y tu inmensa responsabilidad en la vida pública. 

 

Cada acción consciente que realizas es un acto de soberanía personal y un regalo de orden para tu comunidad. 

 

Por favor, no ensucies tu potencial con justificaciones baratas de por qué no hiciste lo correcto. Despierta a la realidad de tu impacto social. Cuando decides actuar con un compromiso real, estás pavimentando el camino para que otros encuentren la fuerza de hacer lo mismo. Rompe el pacto con la excusa hoy mismo y conviértete en un faro de integridad, civismo y acción real en un mundo que clama por autenticidad. 

 

Menos buenas intenciones, más civismo real.

 

El fenómeno de las «buenas intenciones» sin acción ha sido ampliamente estudiado en la psicología contemporánea bajo el concepto de Activismo de Sillón (Slacktivism) o señalamiento de virtud en el cual, expresar una buena intención en redes sociales o manifestar verbalmente el apoyo a una causa comunitaria activa los centros de recompensa del cerebro (como el núcleo accumbens), proporcionando una descarga de dopamina similar a la que se obtendría al realizar la acción real. 

Esto genera una ilusión de cumplimiento moral que los psicólogos denominan Licencia Moral. Al sentir que «ya cumplimos» con tener una buena postura o una buena intención, disminuye drásticamente la probabilidad estadística de que realicemos un esfuerzo físico o económico real por la comunidad. Lo más cumbre de todo esto es que las intenciones que no se traducen de inmediato en planes de acción específicos (intenciones de implementación) se disipan en menos de 48 horas sin dejar ningún impacto real en el entorno. 

El peligro de vivir alimentándose de buenas intenciones es el desarrollo de una personalidad hipócrita y fragmentada en la cual comenzamos a construir nuestra identidad sobre lo que pensamos o sentimos, y no sobre lo que realmente hacemos. Esto genera una brecha profunda en el autoconcepto porque la madurez se alcanza cuando existe una coherencia absoluta entre el pensar, el decir y el actuar. 

Es por ello que alinearte con el civismo real te obliga a salir de tu zona de confort mental y a enfrentarte a la realidad del esfuerzo. Este proceso templa el carácter, desarrolla la disciplina y te enseña a tolerar la frustración. Cuando nos exigimos actuar por encima de los meros deseos emocionales desarrollamos una mente fuerte, orientada a resultados y capaz de mantener compromisos a largo plazo en todas las áreas de nuestra vida. 

Un vecindario lleno de personas con «buenas intenciones» puede estar sumido en el abandono si nadie se toma el trabajo de recoger la basura, respetar los horarios de descanso o apoyar al comercio local. El paso de la intención a la acción cívica medible purifica el ambiente comunitario. Cuando el civismo real se impone, los conflictos comunitarios se reducen significativamente, la confianza interpersonal aumenta y los espacios públicos se recuperan como lugares de encuentro seguro y próspero. La sociedad deja de ser una masa fragmentada de individuos aislados y se convierte en una verdadera comunidad consciente de su destino compartido. 

El camino al estancamiento social está pavimentado con buenas intenciones. Sentir lástima por los problemas del mundo o desear que las cosas mejoren no cuesta nada, pero tampoco transforma nada. Es hora de despertar del letargo de la pasividad moral. El verdadero despertar de tu consciencia se demuestra en la calle, en tu plaza, en la forma en que tratas al ciudadano que camina a tu lado, en tu capacidad de cumplir las normas de convivencia aunque nadie te esté vigilando. 

 

No te conformes con ser una persona que «quiere» el bien; sé la persona que ejecuta el bien. 

 

Tienes el poder de pasar de la platea de los críticos al escenario de los realizadores. Tu comunidad no necesita tus buenos sentimientos; necesita tus manos, tu respeto, tu ejemplo diario y tu acción contundente. El civismo real es amor propio y amor al prójimo puesto en movimiento. 

 

Ciudadanos de acción y el efecto espejo. 

 

El compromiso con causas que trascienden el propio ego es una de las fuentes más robustas de bienestar psicológico y autorrealización, un concepto que la psicología positiva de Martin Seligman define como Significado dentro del modelo PERMA. El desarrollo humano alcanza su plenitud cuando las competencias individuales se ponen al servicio de un propósito colectivo. 

Es por esa razón que convertirnos en ciudadanos de acción mitiga la alienación, el aislamiento y la crisis de sentido común en la sociedad contemporánea. Al involucrarte activamente en la mejora de tu entorno, desarrollas habilidades sociales (y en mi opinión mal llamadas blandas) críticas como la  empatía, el liderazgo, la resiliencia comunitaria y pensamiento sistémico. No estás simplemente ayudando a otros; estás construyendo una estructura psíquica sólida, basada en la utilidad social y la trascendencia. 

Existe una teoría fundamental conocida como la Teoría de las Ventanas Rotas, desarrollada por James Q. Wilson y George L. Kelling. Esta teoría demuestra que si en un edificio aparece una ventana rota y nadie la repara, pronto el resto de las ventanas terminarán destruidas, desencadenando un proceso de decadencia urbana y aumento de la criminalidad. El entorno físico y social funciona como un espejo que refleja el nivel de orden, respeto y compromiso de los individuos que lo habitan. 

Esto se debe al hecho de que los seres humanos tendemos de forma inconsciente a imitar los patrones de conducta que observamos en nuestro entorno. Si observamos dejadez, desprecio por las normas e indiferencia, nuestro sistema nervioso tiende a normalizar y replicar esas conductas. Por el contrario, la presencia de comportamientos íntegros y acciones conscientes genera un efecto de ordenamiento y autorregulación en el sistema social circundante. 

El efecto espejo te recuerda que no estás separado de tu entorno; eres una parte constitutiva de él. Desde la perspectiva del desarrollo humano, entender este principio es la clave para salir del papel de víctima comunitaria. Muchas personas se quejan del caos, de la falta de educación y de la corrupción de su sociedad, sin darse cuenta de que su propio desorden interno, sus pequeñas trampas diarias y su pereza cívica son los que alimentan ese mismo sistema. 

Cuando inicias un proceso de transformación personal profundo y decides actuar con impecabilidad, estás ordenando tu propio espacio psíquico. Este alineamiento interno te otorga una enorme claridad mental y autoridad moral. Es tanto así que, me atrevo a decir que una persona que se transforma a sí misma y asume actuar de manera consciente experimenta una profunda paz, sabiendo que su vida es una fuente de soluciones y no una fábrica de problemas para el mundo. 

Tu nivel de compromiso personal se proyecta directamente sobre el tejido comunitario. Cuando decides mantener tu acera limpia, conducir con cortesía, pagar tus impuestos a tiempo y expresarte con respeto hacia tus conciudadanos, estás enviando señales claras de orden y cuidado al «espejo» social.

Esta acción individual actúa como un freno contra el deterioro comunitario. Las relaciones vecinales se vuelven más saludables porque disminuye la desconfianza mutua. El civismo consciente, multiplicado por cada ciudadano que asume su transformación, tiene el poder de rediseñar por completo la atmósfera de una ciudad, transformando entornos hostiles y apáticos en espacios de prosperidad, seguridad y colaboración mutua.

La historia de la humanidad nunca ha sido escrita por aquellos que se quedaron al margen intentando o deseando el cambio. Ha sido esculpida a pulso por hombres y mujeres comunes que decidieron dar un paso al frente y actuar. No esperes a que aparezca un líder mesiánico o a que las leyes sean perfectas; el verdadero liderazgo cívico es el tuyo cuando decides no ser indiferente. Eleva tu nivel de consciencia y comprende que tu prosperidad individual está unida de forma indisoluble a la prosperidad de tu vecino. 

 

Sé el ciudadano de acción que inspira a otros a levantarse. Tu compromiso es la semilla de una nueva sociedad; no la dejes morir en el terreno de la indecisión. 

 

Mira a tu alrededor: el estado de tu comunidad, de tus relaciones y de tu sociedad es el reflejo amplificado de lo que los individuos llevan dentro. No puedes exigir un mundo de respeto si sigues operando desde la conveniencia personal y la excusa constante. La transformación que tanto esperas fuera debe comenzar de manera obligatoria e inapelable dentro de ti. 

Eres un espejo para tus hijos, para tus vecinos, para tus compañeros de trabajo. Toma consciencia del inmenso impacto de tu conducta diaria. Cuando dejas de «intentar» cambiar y asumes el compromiso de ser un ser humano íntegro en la acción, el tejido social que te rodea empieza a sanar y a reconfigurarse. Tienes el poder de romper la cadena del desorden y la apatía. Conviértete en el reflejo de la honestidad, el civismo y la fuerza que deseas ver reflejados en el mundo. 

 

Desafíos y soluciones para ir del “voy a intentar” al “lo estoy haciendo”.

 

Debemos erradicar el hábito de «intentar» porque es una estrategia de autoengaño que fragmenta nuestra identidad, debilita nuestra voluntad y destruye el tejido social. Vivir en el intento nos permite mantener una autoimagen inflada de «buenas intenciones» mientras perpetuamos la inacción cívica y personal. 

Es por ello que pasar al hacer consciente es el único camino para reclamar nuestra autonomía, elevar el estándar moral de nuestras comunidades y transformar el civismo de una teoría abstracta en una fuerza viva y constructiva. 

Ahora bien, estoy seguro de que sabes muy bien que en estos tiempos que vivimos es un trabajo que implica un esfuerzo considerable, por esa razón y con el deseo de facilitar este proceso, te comparto algunos desafíos y te propongo algunas soluciones para transitarlo de manera un poco más sencilla.

 

Desafíos (Qué nos frena). 

  • La cultura de la inmediatez: Buscar resultados instantáneos y abandonar si requiere esfuerzo continuado. 
  • La difusión de la responsabilidad: Pensar que los problemas comunes (limpieza, seguridad, orden) le corresponden solo al Estado o a otros. 
  • La autojustificación y el sesgo de conveniencia: Flexibilizar la ética propia cuando es incómodo cumplir una norma pública. 

 

Soluciones (Cómo lo resolvemos).

  • Las intenciones de implementación: Diseñar planes con la estructura «Si pasa X, entonces haré Y» para automatizar la acción cívica. 
  • El liderazgo por modelado: Asumir que la primera línea de acción es personal, ejecutando el civismo de manera visible e impecable. 
  • La vigilancia ética y la atención plena: Monitorear el diálogo interno para detectar y disolver excusas en el momento exacto en que surgen.  

 

Oportunidades (Qué cultivamos).

  • La resiliencia comunitaria: Capacidad de absorber crisis colectivas gracias a ciudadanos con carácter firme y predecible.
  • Un capital social robusto: Incremento exponencial de la confianza interpersonal, redes de apoyo mutuo y seguridad vecinal.  
  • La coherencia identitaria: Individuos con alta autoestima, paz mental y alineación absoluta entre sus valores y sus conductas. 

 

Consideraciones finales para lograr ir del “voy a intentar” al “lo estoy haciendo”.

 

Comprender que «intentar» es simplemente la estrategia sofisticada que utiliza el ego para evadir el peso del compromiso es el primer paso hacia una madurez psicológica auténtica y, en consecuencia, hacia un ejercicio cívico verdaderamente transformador. Porque cuando una persona renuncia formalmente a la red de seguridad de la excusa y abraza la responsabilidad radical del «lo estoy haciendo», no solo se está rescatando a sí misma del estancamiento, sino que está realizando un acto de profunda higiene social. 

El civismo consciente no es un conjunto de reglas prohibitivas dictadas por una autoridad externa; es la proyección natural de un orden interno, de un carácter templado y de una mente que ha comprendido las leyes de la interdependencia. No podemos seguir sosteniendo el cinismo de exigir sociedades prósperas, limpias, seguras y puntuales si seguimos gestionando nuestras vidas privadas desde la tibieza, la micro-trampa y la justificación constante. 

La calidad de una comunidad siempre será directamente proporcional al nivel de compromiso individual de sus miembros. Es por ello que, cada vez que decides respetar el espacio del otro, cuidar los bienes comunes, actuar con integridad ética aun en la total clandestinidad y cumplir con tu palabra empeñada, estás colocando un bloque de granito indestructible en los cimientos del tejido social. 

Este es un llamado urgente a despertar de la anestesia de las buenas intenciones. El mundo, nuestras familias y nuestras ciudades están saturados de diagnósticos perfectos y de deseos vagos de cambio. Lo que urge en estos momentos no son habladores, sino hacedores y realizadores. Hombres y mujeres que asuman que si algo debe mejorar, la iniciativa les corresponde enteramente a ellos. Al integrar el hábito de la acción consciente, dejas de ser un consumidor pasivo de la realidad para convertirte en un co-creador activo de la misma. Tu transformación personal se vuelve contagiosa, tu ejemplo se transforma en ley no escrita para quienes te rodean y la mediocridad compartida empieza a perder terreno ante el estándar de tu impecabilidad. 

Para que la reflexión de hoy no se diluya en la comodidad del pensamiento, te invito a asumir tu poder y tu cuota inalienable de responsabilidad. Clausura hoy mismo la era de los intentos en tu historia personal. Elige un área de tu vida, un aspecto de tu vecindario, una regla de convivencia que hayas estado eludiendo, y muéstrate ante ti mismo y ante tu comunidad a través de la contundencia de tus actos. El destino de nuestra sociedad no se juega en las grandes esferas del poder político, sino en las micro-decisiones que tomas al cruzar la calle, al hablar con tu vecino y al mirarte al espejo cada mañana. Diseña tu plano, toma tus herramientas y construye, con un compromiso inquebrantable, la vida y la sociedad que todos merecemos habitar. 

 

Y tú, ¿Asumes la decisión comprometida de dejar de intentar y comenzar a hacer?

 

¡Comparte tu opinión con nosotros y este artículo con quien lo necesite!

 

Te leo…

 

by Antoni Gonçalves

💫 Eterno Aprendiz y Optimista. 💚 Gratitud | Int. Emocional | Paz 🧿 Consciencia | Virtud | Ciudadanía 🔥 Facilitador de procesos de Transformación Personal

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

https://antonigoncalves.com/wp-content/uploads/2023/08/Logo-nuevo-2023-Definitivo-con-Canva-y-PS-160x160.png

Visítame en Redes Sociales:

https://antonigoncalves.com/wp-content/uploads/2023/01/AG-Logo-Definitivo-160x160.png

Visit us on social networks:

Copyright © 2026 by Antoni Gonçalves. Todos los derechos reservados.

Copyright by Antoni Gonçalves. Todos los derechos reservados.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Puedes revisar nuestra política de privacidad en la página de Política de Privacidad y Política de Cookies.